La necesidad de afecto en la mente humana es algo tan importante e innato que, cuando no se satisface adecuadamente, sus consecuencias pueden acompañar al individuo durante toda su vida o terminar con ella.
El afecto es el alimento psicológico de la mente. El cuerpo biológico necesita alimento y agua para sobrevivir y nadie tiene que enseñar a un bebé a necesitarlos. Con el afecto sucede algo semejante. El bebé lo busca de manera innata y, cuando no lo encuentra, su mente intentará adaptarse a esa ausencia utilizando los recursos que tenga disponibles.
La importancia del afecto durante el desarrollo se estudia desde hace mucho tiempo. El psiquiatra John Bowlby, a quien se atribuye el desarrollo de la teoría del apego, estudió, entre otras cuestiones, las consecuencias sufridas por niños criados en instituciones. James Robertson plasmó en su documental A Two-Year-Old Goes to the Hospital el sufrimiento experimentado por niños pequeños separados de sus figuras de apego. Anna Freud, hija de Sigmund Freud, estudió también los mecanismos de defensa infantiles y la manera en que la mente intenta protegerse frente a acontecimientos dolorosos.
Todos estos trabajos apuntan hacia una cuestión fundamental: para desarrollarse psicológicamente, un niño no necesita únicamente alimento, protección física y un lugar donde dormir. Necesita afecto.
El experimento de Harlow: alimento o afecto
Durante los años cincuenta y sesenta, el psicólogo Harry Harlow realizó una serie de experimentos con crías de macaco rhesus.
Harlow separó a las crías de sus madres y colocó frente a ellas dos sustitutos maternos. Uno estaba construido con alambre y proporcionaba alimento mediante un biberón. El otro estaba recubierto de un material suave y resultaba más parecido al contacto corporal de una madre, pero no proporcionaba alimento.
Las crías pasaban mucho más tiempo aferradas a la estructura suave y acudían a ella cuando sentían miedo. El alimento era necesario, pero el contacto también lo era. Harlow fue todavía más lejos y sometió a algunos animales a períodos prolongados de aislamiento social. Los resultados fueron devastadores. Aparecieron alteraciones graves en su comportamiento, dificultades posteriores para relacionarse y profundas perturbaciones en sus vínculos sociales.
Más allá de las enormes objeciones éticas que merecen aquellos experimentos, mostraron algo que resulta fundamental para comprender el desarrollo: la ausencia de interacción afectiva puede producir consecuencias profundas. Y esto es algo que también he podido observar durante años en el gabinete. La mente hará lo necesario para conseguir afecto
Tras los casos tratados en consulta, he podido comprobar que la falta de afecto puede producir heridas psicológicas que, si no se resuelven, condicionan profundamente el funcionamiento posterior del individuo. La mente es capaz de realizar acciones aparentemente incomprensibles con tal de sentirse querida. Incluso acciones que desde fuera pueden parecer perjudiciales o autodestructivas.
Una tarde, una clienta llegó al gabinete tranquila y, sonriendo, me dijo:
—Jesús, he recordado algo y creo que estoy totalmente loca.
—Bueno, tú cuéntalo y después decidirás si estás loca o no.
Recordó que, cuando era pequeña, su padre llegaba del trabajo siempre a una hora determinada. Todos tenían que encontrarse sentados a la mesa, la comida preparada y todo dispuesto. Si no era así, su padre se ponía violento. Para él, según relataba, ella era prácticamente invisible. Algunas veces, cuando escuchaba el tintineo de las llaves al abrir la puerta, corría para recibirlo y conseguir un beso. Pero normalmente su padre ni siquiera la miraba. Si insistía, podía responderle:
—Venga, pesada, que vengo cansado de trabajar.
Entonces aquella niña ideó una estrategia. Poco antes de que su padre regresara, se escondería debajo de una cama. De esa manera tendría que buscarla. Cuando llegó y preguntó dónde estaba, nadie lo sabía. Su padre comenzó a recorrer la casa pronunciando su nombre cada vez más enfadado. Y sucedió algo aparentemente contradictorio: escuchar su nombre en la voz de su padre la hacía sentirse querida.
Sabía que las consecuencias podían ser terribles y sentía muchísimo miedo, pero, al mismo tiempo, aquel hombre que habitualmente la ignoraba estaba pensando exclusivamente en ella. Finalmente la encontró. Tiró de su pierna para sacarla de debajo de la cama y comenzó a golpearla. Ella recordaba haber pensado que podía llegar a matarla. Sin embargo, junto al miedo aparecía otra sensación: mientras su padre la golpeaba, le estaba prestando atención. Durante aquellos minutos no existía nada más.
Le expliqué que no estaba loca. Aquello había sido una adaptación construida por una mente infantil que intentaba sobrevivir psicológicamente con los recursos de los que disponía. Y aquí aparece una de las ideas centrales de este artículo: la mente infantil puede llegar a preferir una interacción negativa antes que enfrentarse a la indiferencia absoluta de sus progenitores. Si no hay palabras bonitas, al menos hay palabras. Si no existen caricias, existe algún tipo de contacto. La mente intenta transformar aquello que recibe en algo que pueda interpretar como una forma de relación.
La teoría de las tres cajas
Para explicar lo que he observado en este tipo de casos, utilizo lo que denomino la teoría de las tres cajas.

Durante una infancia psicológicamente saludable, la mente va llenando la primera caja con recuerdos y experiencias afectivas: un beso, un abrazo, unas palabras cariñosas, un consuelo cuando aparece el miedo, una celebración, una mirada, sentirse protegido o simplemente percibir que papá y mamá disfrutan de nuestra existencia.
No tiene que tratarse únicamente de recuerdos que después podamos narrar conscientemente. También existen experiencias emocionales y corporales producidas durante etapas muy tempranas del desarrollo. Cada una de esas experiencias va llenando simbólicamente la caja del afecto.
¿Pero qué sucede cuando esa caja permanece vacía? El niño busca a sus progenitores y no encuentra aquello que necesita. Entonces aparece la tercera caja: NADA. La indiferencia. La ausencia. La sensación de no importar. De no ser visto. De no ser escuchado. Pero esa realidad resulta psicológicamente insoportable para una mente infantil. El niño necesita creer que sus padres lo quieren. Entonces mira hacia la caja que queda en medio: MALTRATO. Y descubre que cuando le riñen, lo insultan, se burlan de él o lo golpean, al menos están interaccionando con él.
Es entonces cuando puede producirse una profunda distorsión: la mente comienza a colocar experiencias de maltrato dentro de la caja donde debería encontrarse el afecto. De esta manera construirá posteriormente su interpretación del amor, de la amistad, de las relaciones y del bienestar a partir de aquello que experimentó durante sus primeros años.
La resistencia a aceptar que no fuimos queridos
Una de las resistencias más fuertes que he encontrado en gabinete aparece cuando la persona comienza a cuestionarse si aquello que siempre había denominado amor realmente lo fue. Todas las mentes quieren creer que sus padres las quisieron. Incluso cuando existen recuerdos dolorosos, aparece una enorme cantidad de justificaciones: «Lo hicieron por mi bien», «Eran otros tiempos», «A ellos los educaron así», «Hicieron lo que pudieron», «En el fondo me querían».
Aceptar lo contrario puede resultar extraordinariamente doloroso porque obliga a mirar directamente hacia aquella tercera caja que la mente infantil intentó esconder para sobrevivir: la nada. El poder psicológico de los progenitores durante la infancia es total. Un niño puede llegar incluso a sentirse culpable por el daño que los propios padres le infligen.
Imaginemos una situación extrema en la que unos padres dañaran físicamente a su hijo y después le dijeran:
—¡Ves lo que nos has obligado a hacer! Algún día entenderás que esto ha sido por tu bien. Solo nos das problemas y disgustos.
Ese niño podría terminar pidiendo perdón.
—Lo siento. No volverá a ocurrir. Os demostraré que soy bueno.
La necesidad de conservar el amor de los progenitores puede ser más poderosa que la necesidad de reconocer el daño recibido.
Cuando la enfermedad se convierte en el último intento de ser querido
Recuerdo el caso de una clienta con un cáncer recurrente que llegó a decirme algo especialmente significativo:
—Me resultaba tan doloroso no ser querida por mis padres y haberlo intentado de todas las maneras que estoy convencida de que he creado este cáncer como último intento para que me quieran. Pensé que así sentirían pena por mí.
Fue operada, recibió quimioterapia y durante un período la enfermedad remitió. Era una mujer cercana a los cuarenta años que presentaba grandes dificultades para trabajar, relacionarse socialmente y establecer una pareja. Después de trabajar durante muchas sesiones sobre su historia comenzó a experimentar cambios importantes. Pudo disfrutar de su sexualidad, independizarse y desarrollar una vida social más activa.
Llena de ilusión, un día le dijo a su madre:
—Que sepas que cuando terminen de aplicarme la quimioterapia me iré a otra ciudad a hacer mi vida y empezar desde cero.
Su madre respondió:
—Bueno, eso si te recuperas, porque muchas veces el cáncer regresa.
Tiempo después, el cáncer volvió.
Durante aquella nueva etapa de la enfermedad, la clienta comenzó a hablar abiertamente de la muerte. Decía que no había conseguido que sus padres la quisieran y que, para ella, aquello hacía que la vida perdiera su sentido. En las últimas fases de su enfermedad relató una escena que condensaba gran parte de su historia. Entró en una estancia donde sus padres estaban conversando entre ellos y, sintiéndose nuevamente ignorada, exclamó desesperada:
—¡Me voy a morir y ni aun así me habláis!
Su madre respondió:
—No sé, háblanos tú a nosotros.
El padre ni siquiera intervino en la conversación.
Más allá de la interpretación que aquella mujer hacía sobre el origen de su enfermedad, lo psicológicamente relevante era la relación que establecía entre su deseo de vivir y la imposibilidad de sentirse querida por sus progenitores.
«Pues muérete ya y nos dejas tranquilos»
Otro cliente recordó un episodio ocurrido durante su adolescencia. Su hermano mayor había desarrollado una adicción a la heroína y había contraído sida. Pocos días antes de morir, aquel joven se encontraba en casa quejándose intensamente debido a sus dolencias. Buscaba algún tipo de consuelo.
La clienta narró que su padre entró en la habitación y, molesto por sus quejas, le dijo:
—¿Qué te pasa con tanto ay, ay? ¡Cállate un rato!
El hijo respondió:
—Que me muero, papá, que me muero.
Y su padre contestó:
—Pues muérete ya y nos dejas tranquilos a todos, que menuda vida nos has dado.
Este tipo de recuerdos muestran hasta qué punto la ausencia de afecto puede coexistir con una relación familiar que exteriormente continúa existiendo. Compartir una casa, tener comida o pertenecer formalmente a una familia no significa necesariamente sentirse querido dentro de ella.
¿Atender a un niño lo convierte en un tirano?
Existe una idea que aparece periódicamente en determinadas recomendaciones sobre crianza: no acudir inmediatamente cuando un bebé llora, no prestarle demasiada atención o evitar determinadas muestras afectivas para impedir que se convierta en un niño caprichoso, dependiente o «tirano».
Uno de mis clientes recordaba encontrarse agarrado a los barrotes de su cuna. Se había despertado en la penumbra y, al descubrir que estaba solo, comenzó a llorar asustado. Desde otra estancia podía escuchar a su madre. Lloró con mayor intensidad porque sabía que ella podía oírlo. Pero nadie acudió. Finalmente, agotado y todavía asustado, terminó durmiéndose.
Al recuperar aquel recuerdo durante las sesiones apareció una angustia muy intensa. Su llanto no había sido un intento de dominar a su madre. Era miedo y una demanda de protección. La administración de afecto y atención no debilita al niño. No existe ninguna contradicción entre educar, establecer límites y proporcionar seguridad afectiva. El afecto recibido durante el desarrollo contribuye precisamente a construir adultos que puedan sentirse seguros sin necesitar desesperadamente que otra persona les demuestre continuamente que existen.
El maltrato busca a quien tiene menos poder
Hay otra característica que he observado repetidamente: el maltrato se dirige hacia alguien que posee menos capacidad para defenderse.
Una clienta que trabajaba como profesora me contó una escena que había observado en el patio de un colegio. Un niño pasó junto a otro y le propinó una patada. El niño agredido se giró inmediatamente para devolverle el golpe, pero se detuvo al comprobar que quien lo había golpeado era más grande.
Entonces miró alrededor. Encontró a otro niño más pequeño, se acercó y le propinó prácticamente la misma patada que él acababa de recibir. La escena duró segundos, pero permite visualizar un mecanismo psicológico muy interesante: el daño recibido puede buscar otro lugar hacia el que desplazarse.
En otras ocasiones, ese daño no se dirige hacia fuera, sino hacia el propio individuo. La agresividad puede volverse contra uno mismo o proyectarse hacia el entorno. Por eso resulta tan importante trabajar la propia historia. Cuando el individuo comprende qué le sucedió, deja de justificar determinadas experiencias y comienza a recuperar su autoestima, puede modificarse también su relación consigo mismo y con los demás.
«Eran otros tiempos»
Cuando hablamos del maltrato recibido durante la infancia aparece con frecuencia una justificación: «Eran otros tiempos», «Era otra cultura», «A ellos también los criaron así», «Venían de la nada y fue lo único que pudieron ofrecer».
Pero el afecto no es un invento moderno. No nació en el siglo XX ni apareció con la psicología contemporánea. Durante toda la historia humana han existido padres que han tratado afectuosamente a sus hijos y otros que no lo han hecho. Incluso podríamos imaginar que entre nuestros antepasados más remotos existieron individuos protectores y afectivos con sus crías y otros que se comportaron de manera completamente diferente. El contexto histórico puede ayudarnos a comprender determinadas conductas, pero comprenderlas no significa necesariamente negar sus consecuencias.
Cuando llamamos amor a lo que fue miedo
Una de las consecuencias más profundas de una infancia carente de afecto es que el propio concepto de amor puede quedar distorsionado. La persona puede llamar amor a lo que en realidad fue sumisión, miedo, necesidad de aprobación o desesperación por conseguir una muestra de atención. Y posteriormente puede reproducir esa misma interpretación en sus relaciones adultas.
Por eso resulta tan difícil trabajar estas cuestiones. La mente intentará justificar de todas las maneras posibles el daño sufrido y conservará durante mucho tiempo la esperanza de que, en el fondo, sus padres la quisieron. Esa puede convertirse en una de las resistencias más poderosas del proceso terapéutico.
Pero mirar hacia nuestra historia no significa quedarnos atrapados en ella. Significa comprender de dónde procede aquello que sentimos hoy para dejar de repetirlo y poder resolver nuestra propia historia. Pasar página y poder seguir adelante con nuestras vidas de manera saludable.
Porque un niño necesita afecto. No como un premio, no como recompensa por comportarse bien y tampoco como un lujo. Lo necesita para desarrollarse. Es un alimento psicológico vital. Y cuando ese afecto faltó, reconocerlo puede ser precisamente el primer paso para dejar de buscar durante toda la vida aquello que nunca recibió.


Deja una respuesta