Existe una tendencia cada vez más extendida en determinados contenidos sobre desarrollo personal que creo que merece algo de atención. Me refiero a esa idea repetida casi como un mantra: «Tú eres el único responsable de lo que sucede en tu vida», «deja de actuar como una víctima y coge las riendas de tu vida», y otros mensajes similares.
Particularmente, considero que, cuando esta idea se asevera a la ligera, de forma radical y generalizada, puede resultar potencialmente perniciosa. No todos los casos son iguales. Hay que diferenciar entre vivir instalado en un estado de victimismo y reconocer que realmente se ha sido víctima de un suceso o de una experiencia. Y esta diferencia es muy importante.
A lo largo de los años, en mi trabajo como psicoanalista, he podido comprobar que cuando una persona llega al gabinete con esa creencia férrea, en lugar de ayudarla a mejorar su vida, muchas veces únicamente consigue frustrarla y culpabilizarla. Piensa que los demás pueden aplicar esa metodología y ella no; que le sucede algo extraño que a nadie más le ocurre y que nunca desaparecerá. Es algo que escucho con frecuencia en consulta.
De alguna manera, la persona comienza a sentirse sola frente a sus iguales y termina definiéndose a sí misma como inferior. Y lo que realmente está sucediendo es que se siente culpable por su supuesta incapacidad e incompetencia.
La culpa: un veneno para la autoestima
En mi profesión he podido comprobar que la culpa es devastadora. Es prácticamente un veneno que lo enferma todo. Se come la autoestima de la persona, destruye su seguridad y la hace permeable a todo lo negativo. Además, constituye una de las fuentes más poderosas de pensamientos negativos y puede convertir al individuo en una auténtica «máquina de agradar».
¿A qué me refiero?
Como se siente culpable, su mente intentará enmendar constantemente su supuesto error para conseguir que su mundo afectivo le dé amor y se sienta orgulloso de él. Y es entonces cuando puede producirse la total anulación del sujeto. En términos algo más psicoanalíticos, su Yo queda destrozado y ausente.
He podido comprobar cómo la persona desaparece prácticamente por completo y se convierte en un puñado de acciones orientadas a conseguir la aprobación de los demás. Sus deseos y preferencias dejan de importar y, por tanto, tampoco podrá explorar qué clase de ser humano particular es ni llegará realmente a conocerse.
A partir de la inoculación de culpa, sonríe cuando no le apetece, va a sitios que no le gustan, acude a bodas a las que realmente no quiere asistir o realiza horas extras mientras aguanta la olla a presión que suponen sus ganas de expresar que aquello le parece injusto.
Y ahora, además, le decimos que él es el responsable de todo. Esto no puede ser así.
Cuando la culpa comienza en la infancia
A veces, durante la infancia, la carga de culpa puede ser desbordante. Puede comenzar con frases aparentemente cotidianas: «Has roto un vaso», «te estamos pagando unos estudios que no aprovechas», «tú eres la culpable de que tu mamá y yo discutamos», «eso que has hecho ha puesto triste a mamá, eres malo».
O también:
—Tu padre te ha castigado, pero porque lo has hecho sentir muy mal. Anda, ve, pídele perdón y dale un beso.
Es bárbaro. Además de dejar al niño sin la excursión a la que tantas ganas tenía de ir, tiene que reprimir su enfado y su sentimiento de injusticia y ofrecer afecto obligado en forma de beso cuando su cuerpo y su mente lo rechazan con todas sus fuerzas. La niña deja de ser dueña de sus propios besos.
Otro ejemplo:
—Ah, ¿encima te enfadas? Pues además de no ir a la piscina con tus amigas, te quedarás sin regalo de cumpleaños.
Tampoco se le permite experimentar ni expresar su enfado. De acuerdo, pero entonces debemos saber que estamos construyendo un futuro adulto sin derecho a expresarse.
Y no olvidemos que, años después, probablemente le diremos que él es el único responsable de cómo funciona su vida.
Reconocer que fuiste víctima no significa vivir como una víctima
Negar que quizá las personas que más deberían habernos querido fueron precisamente quienes nos dañaron, incluso intencionadamente, y negar que aquello produjo consecuencias en nuestra vida solamente impide la curación y la aceptación de esa realidad. El sentimiento queda sin resolver y puede producirse un enquistamiento psicológico.
La mente, como herramienta de defensa, tiende a negar determinadas realidades cuando resultan demasiado dolorosas para ser aceptadas. Por eso debemos diferenciar con mucha más sensatez qué significa victimizarse y qué significa simplemente reconocer que te hicieron daño para poder seguir adelante.
Si no hacemos esa diferenciación y vendemos a la ligera la idea de que el individuo es totalmente responsable de todo cuanto le sucede, podemos terminar culpabilizándolo todavía más e impidiendo que descubra y exprese su padecer.
La persona puede incluso llegar a sentirse extraña y culpable por pensar que fue víctima de algo porque determinados «mensajes de salud» le dicen que no debería considerarse así.
Pensemos en algo mucho más sencillo. Imaginemos que vas caminando por la calle y te atracan. ¿Te diríamos que tú eres el responsable? Y no me refiero a haberte adentrado conscientemente en una zona especialmente peligrosa. O imagina que vas a la montaña y sufres un alud. ¿También eres culpable? ¿Y si padeces un terremoto? ¿Te diríamos que no deberías haber ido a vivir allí?
No todo lo que nos sucede es responsabilidad nuestra.
El coche de nuestra vida
Imaginemos que nuestra vida es un coche. Ese automóvil me pertenece, pero durante un período lo conduce otra persona y produce un accidente que causa daños al propio vehículo o a otros.
Es cierto que el coche es mío. Pero ¿el daño producido es responsabilidad mía? ¿Diríamos que la culpa es del propietario porque no debería haberse dejado robar el coche o porque no tendría que haberlo aparcado allí?
Probablemente no.
Podríamos concluir que cuando sea yo quien conduzca el coche, es decir, cuando sea realmente dueño de mi vida, entonces podré responsabilizarme de hacia dónde lo conduzco.
¿Y por qué el individuo que permanece constantemente instalado en un estado de victimismo no está conduciendo ese coche? Porque quizá nunca se le permitió expresar que, aunque él era el propietario de su vida, durante un período de la misma fue víctima de no poder conducirla ni decidir hacia dónde dirigirse.
«Pero eso no puede ser», podríamos pensar. «Todas las personas hacemos lo que elegimos y permitimos. Ya somos mayorcitos».
Todos sabemos que esto no siempre es así. Y esta imposibilidad siempre procede de la infancia y la adolescencia, precisamente las etapas más sensibles del desarrollo humano y las que contribuirán a conformar al adulto que veremos posteriormente.
En este caso, un adulto que no puede y al que, para mayor castigo, le espetamos que él es el responsable.
Un niño no conduce su propia vida
Si pensamos en un niño, resulta mucho más sencillo entenderlo. Un niño no decide su vida. No posee las herramientas ni el criterio necesarios para extraer determinadas conclusiones o decidir hacia dónde quiere dirigir el coche de su existencia. De hecho, a los niños no se les permite obtener el carnet de conducir.
Alguien tiene que conducirlos.
Los niños no saben si son buenos o malos, altos o bajos, listos o tontos, guapos o feos. Se lo tienen que decir los demás y, especialmente, sus padres. Psicológicamente, son los progenitores quienes poseen una enorme capacidad para instalar una determinada realidad mental mediante sus acciones o mediante la ausencia de ellas.
Imaginemos, por ejemplo, que durante la infancia solo te prestan atención cuando estás enfermo, rompes algo o das algún problema. Aunque sea para reñirte, da igual. Por el contrario, no recibes prácticamente ninguna atención cuando realizas una buena acción u obtienes una buena calificación en la escuela.
—Es tu obligación.
Tu inconsciente recibe atención fundamentalmente en el primero de los casos. Entonces, cuando llegues a la vida adulta, ¿qué tipo de acciones crees que tenderá a reproducir tu mente?
Y surge otra pregunta todavía más importante: ¿realmente serás tú el único responsable de esas acciones o estarán influyendo más factores?
«He leído un libro de autoayuda, pero a mí no me funciona»
A veces me cuentan en el gabinete:
—Jesús, me he leído un libro de autoayuda o desarrollo personal, o he visto un vídeo sobre pensamiento positivo, pero no me sale lo que dicen ahí. ¿Qué me ocurre? Dicen que pienses cosas positivas y las atraerás a tu vida. Que dejes de victimizarte y entiendas que solo tú eres el único responsable de lo que te sucede.
Menuda sentencia.
Mi respuesta suele ir en otra dirección:
—Bueno, suponiendo que quien lo escribe realmente se sienta como aparece en el libro, tienes que entender que esa persona lo ha escrito desde un estado emocional que no es el tuyo. Por eso te resulta tan difícil conectar con esa propuesta. Pero no te culpabilices tanto. ¿Cómo pretendes pensar de ese modo con la historia que has padecido? De hecho, es un acto de fortaleza que hayas conseguido llegar hasta este presente. Vamos a hablar de tu historia pasada, a sanarla y, cuando ya no produzca dolor, verás cómo, sin hacer nada, te posicionas en ese estado emocional.
Sí. Y digo sin hacer nada.
Para estar sano físicamente no tengo que realizar un esfuerzo consciente destinado a sentirme sano. Si mi cuerpo se encuentra bien, estaré en un estado de salud bueno. De igual manera, si mi cuerpo se encuentra mal, tampoco necesitaré realizar un esfuerzo para encontrarme mal. Simplemente será mi condición.
Pues con la mente sucede algo semejante. Si resuelves aquello que te producía dolor, no tienes que obligarte constantemente a estar bien. El dolor se fue y tu estado natural deja de ser doloroso.
A lo largo de mis años como psicoanalista he comprobado que lo psicológico funciona, en determinados aspectos, de una manera muy semejante a lo físico. La diferencia es que lo psicológico puede resultar más difícil de detectar porque durante mucho tiempo se ha tendido a pensar algo parecido a: «si no lo veo, no existe».
Ser víctima también existe
A veces debemos entender que una persona no se está victimizando. Simplemente está manifestando que, efectivamente, en una determinada situación de su vida fue víctima. Y debemos permitírselo porque ser víctima es algo que existe. No nos lo estamos inventando.
Ese hecho puede constituir una herida psicológica que, mientras no cure, continuará condicionando a la persona.
Hagamos un símil con una lesión física. Imaginemos que caminamos junto a alguien y, debido a un desnivel del suelo, se tuerce el tobillo y se produce un esguince. Después de un tiempo, esa persona no puede seguir nuestro ritmo debido a la lesión y se queja cuando le pedimos que acelere.
¿Le diríamos que no se victimice?
Esa persona únicamente está manifestando un suceso vivido que le ha producido unas consecuencias.
Es cierto que instalarse permanentemente en la queja puede encerrar a la persona en el suceso, haciendo que sus pensamientos se produzcan en bucle y manteniéndola atrapada en él. Pero debemos diferenciar. Es importante diferenciar.
En la práctica psicoanalítica, cuando detecto que la mente del cliente se queja constantemente sin elaborar ningún recuerdo traumático, intento conseguir que comprenda que eso no le ayudará a resolver su conflicto. Puede tratarse de una manera de evadir el dolor que produjo algún recuerdo traumático.
La mente, que es maravillosa, sobrevuela el dolor psicológico sin llegar a sumergirse en él. Es un acto reflejo destinado a evitar el sufrimiento, algo semejante a la respuesta de contractura de un músculo. Pero esa protección también puede terminar provocando daño.
Para curar una herida hay que poder hablar de ella
Hay que permitir que la persona exprese el dolor que un hecho traumático o un abuso le produjo.
Por poner ejemplos reales, hay que permitir que una persona que sufrió abusos sexuales pueda hablar de ellos, expresar lo injusto que fue vivir aquello y reconocerse como víctima de esa situación.
¿Alguien piensa que en ese momento tendría sentido decirle: «Tú eres la responsable de todo lo que te pasa»?
Por supuesto, también habrá que trabajar para que esa persona no permanezca veinte años de su vida atrapada en ese acontecimiento. Pero he comprobado que cuando puede hablar de aquello de esta manera, sintiendo que no tuvo la culpa y que fue víctima de la situación, la herida puede comenzar a curarse y los síntomas que producía pueden desaparecer.
El enquistamiento psicológico aparece precisamente cuando no se permite expresar la emoción y se obliga a la persona a «no victimizarse». La herida no cura y la emoción continúa repitiéndose en bucle, perpetuándose a lo largo del tiempo.
«No llores, solo es una pelota»
Decirle a un adulto, en determinadas circunstancias, «no te quejes, tú eres el responsable de lo que te pasa» puede parecerse mucho a decirle a un niño:
—Pero no llores. ¿Por qué lloras? Solo es una pelota. No es tan importante. Así no arreglarás nada.
Para nosotros puede ser solamente una pelota. Con nuestra mente adulta sabemos que existen más pelotas y que perder una no es el fin del mundo. Pero dentro del mundo psicológico infantil esa pelota puede representar el todo.
Debemos escuchar y entender ese todo. Debemos intentar comprender por qué para esa mente aquello resulta tan importante.
El problema es que muchas veces no se acepta que el adulto que somos es también fruto del niño que fuimos. Cuesta comprender que pueda existir una relación directa entre determinadas experiencias infantiles y algunos comportamientos, emociones o dificultades posteriores.
Y ahí es cuando resulta demasiado fácil pronunciar la sentencia:
«Eres el único responsable de lo que te suceda».
No.
Ya hemos explicado que el niño ni siquiera es responsable de su propia vida. Si durante años se le dice lo que tiene que pensar, sentir y hacer; si se le define constantemente y se va moldeando su manera de entenderse a sí mismo y al mundo, ¿cómo podemos convertir después a ese adulto en responsable absoluto de todo aquello que le sucede?
Hay que ajustar este asunto.
Responsabilizarnos de nuestra vida es necesario cuando podemos comenzar a conducirla. Pero para hacerlo de verdad, a veces primero necesitamos reconocer quién condujo antes, hacia dónde nos llevó y qué daños quedaron en el camino.
Reconocer que fuiste víctima no significa condenarte a seguir siéndolo. En muchas ocasiones, reconocerlo es precisamente lo que permite dejar de serlo.


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