Hay adicciones que todos reconocemos como tales: el alcohol, la cocaína, el tabaco, el juego. Sabemos que una persona puede conocer perfectamente el daño que le están causando y, aun así, sentirse incapaz de abandonar aquello que la destruye.
Pero existe otra adicción mucho más difícil de reconocer: la adicción al maltrato. Puede sonar incoherente con el hedonismo que se le presupone al ser humano. ¿Cómo va alguien a necesitar aquello que le hace sufrir? ¿Cómo puede una persona buscar una y otra vez relaciones que la dañan? ¿Por qué alguien que sabe perfectamente que una pareja le hace daño no consigue abandonarla? ¿Por qué otra persona destruye sistemáticamente todo aquello bueno que consigue?
Tras más de diez años ejerciendo como psicoanalista, no he lidiado en gabinete con ninguna adicción con más poder que esta. He podido comprobar que puede resultar más fácil eliminar una adicción al tabaco, al alcohol, a la cocaína, a la ludopatía o cualquier otra conducta compulsiva que abandonar determinados patrones que buscan una y otra vez revivir las emociones sentidas durante la infancia y la adolescencia, incluso cuando fueron profundamente negativas.
Y para comprenderlo, primero tenemos que volver a hablar del programa psicológico.
EL PROGRAMA PSICOLÓGICO NO BUSCA TU FELICIDAD
Imaginemos que unos padres tienen un hijo y, durante toda su infancia y adolescencia, le enseñan a comer manzanas de una determinada manera: solo puede comer manzanas podridas.
¿Por qué unos padres harían algo así? Porque el deseo de dañar al hijo existe en algunas mentes que previamente fueron dañadas y frustradas, por muy dura que nos resulte esa realidad. El deseo de que el hijo viva la vida como yo la viví. Así está programado en esas mentes.
Cuando la familia se acerca a la frutería, el niño observa las manzanas relucientes. Hay manzanas amarillas, rojas y verdes. Su mente no es tonta. Sabe cuáles son las buenas. Pero cuando intenta escoger una, papá o mamá intervienen:
—Esa no, hijo. Yo sé qué manzanas son las mejores para ti. Te comerás esta.
Y le entregan una manzana con zonas ennegrecidas, golpeada, cuya lozanía no tiene absolutamente nada que ver con las demás. El niño mira hacia arriba, hacia papá y mamá, pero no se atreve a cuestionarlos. Necesita conseguir su amor a toda costa.
Finalmente muerde la manzana y, evidentemente, le sabe a rayos. Pero papá y mamá aprueban la acción. Por tanto, el niño reprime ese sabor desagradable y continúa comiendo aquel supuesto manjar.
¿POR QUÉ UN NIÑO ACEPTA AQUELLO QUE LE HACE DAÑO?
Porque un niño no cuestiona la autoridad de sus padres de la misma manera que podría hacerlo un adulto. Su prioridad es ser querido y, para conseguirlo, puede llegar a anularse, negar lo que siente y meterse en el papel que sus progenitores le hayan asignado.
No se preguntará si aquello que papá o mamá le están enseñando es bueno o malo para él. Lo ejecutará. Este proceso continúa produciéndose durante el crecimiento hasta que termina interiorizado. La represión impide cuestionarlo y aquello queda instalado en el inconsciente como una orden que no necesita volver a pronunciarse.
El niño se convierte en adolescente y el adolescente en adulto. Entonces ya no hacen falta papá ni mamá: la orden ha quedado dentro. A partir de ese momento será el propio individuo quien la ejecute sin saber que lo está haciendo.
TREINTA AÑOS DESPUÉS, ¿QUÉ MANZANA ELEGIRÁ?
Imaginemos ahora a aquel niño convertido en un adulto de treinta años. Entra en una frutería y delante de él vuelven a aparecer aquellas maravillosas manzanas amarillas, verdes y rojas. Junto a ellas están las manzanas podridas. ¿Cuáles elegirá?
Probablemente ya conoces la respuesta, pero observemos el proceso psicológico a cámara lenta. No es que esa persona sea incapaz de diferenciar una manzana saludable de otra en mal estado. Conscientemente sabe perfectamente cuál debería elegir. El problema es que aquí estamos hablando de otra cosa: de un proceso inconsciente sobre el que la persona no tiene el control.
He visto personas conseguir proyectos fantásticos y autodestruirlos después con una facilidad pasmosa para regresar al nivel calibrado por papá y mamá en su programa psicológico. Las manzanas buenas llamarán su atención e incluso las deseará, pero mientras conscientemente piensa que quiere acercarse a ellas, su programa psicológico habrá comenzado a orientar sus pasos hacia las manzanas en peores condiciones.
Y lo hará sin pedirle permiso.
EL PROGRAMA PSICOLÓGICO COMO UN PARÁSITO
El programa psicológico es literalmente un parásito que controla la vida del huésped. Se apodera de su voluntad. Por eso, aquello que una persona dice querer y aquello que finalmente hace pueden encontrarse en una contradicción absoluta.
«Quiero dejar esta relación». Y vuelve.
«No quiero volver a consumir». Y consume.
«No quiero volver a permitir que me traten así». Y termina nuevamente en una relación donde sucede exactamente lo mismo.
«Esta vez no voy a destruirlo». Y vuelve a destruirlo.
El individuo puede desesperarse porque sabe perfectamente lo que quiere, pero sus actos parecen dirigirse precisamente hacia el lugar contrario. De eso se trata. No olvidemos que el programa psicológico lleva dentro toda la frustración vital de papá y mamá en forma de vivencias condensadas en recuerdos infantiles y adolescentes, y hará lo imposible para que el individuo reproduzca ese padecer vital.
«YA SÉ QUE ME HACE DAÑO. LO QUE NO SÉ ES POR QUÉ NO PUEDO PARAR»
Cuando llega alguien al gabinete con una adicción, sea la que sea, nunca jamás le digo:
—¿Pero no ves que el alcohol te está haciendo daño? Está acabando con tu salud, te gastas el dinero que no tienes y terminará destruyendo a tu familia y tu matrimonio.
Tampoco:
—¿No te das cuenta de que la cocaína está controlando tu vida? Merma tu salud y tu economía, la necesitas diariamente. Ella controla tu existencia.
¿De verdad pensamos que esa persona no lo sabe? Si yo hiciera eso, probablemente me respondería:
—Jesús, eso que me explicas ya lo sé. No he venido aquí para que me expliques eso. Estoy aquí porque no logro entender cómo, sabiendo todo eso que acabas de decir, no puedo parar de hacerlo.
Y ahí está precisamente el problema. Repetirle lo evidente únicamente sirve para frustrar todavía más a la persona y culpabilizarla por su incapacidad. El individuo no quiere drogarse, pero para decidir realmente no hacerlo necesita ser dueño de su voluntad. Y esa voluntad no está en sus manos. Está en manos de su programa psicológico.
LA ADICCIÓN AL MALTRATO
Con las relaciones personales este mecanismo puede aparecer de una manera todavía más intensa. La adicción a que nos maltraten puede ser mucho más poderosa que cualquier otra. Dejar de ser adicto a lo que viviste es muy trabajoso, pero se consigue.
He trabajado con clientes cuyo motivo de consulta era siempre el mismo: todas sus relaciones terminaban reproduciendo patrones prácticamente idénticos. Cambiaban de pareja, cambiaba el rostro, cambiaba el nombre, cambiaba el lugar, pero la historia terminaba siendo la misma. En algunos casos, absolutamente todas sus parejas terminaban ejerciendo violencia física contra ellas.
¿Por qué?
EL FLECHAZO NO SIEMPRE ES AMOR
Entre las mentes se produce una especie de comunicación sin necesidad de la palabra, y no me estoy refiriendo únicamente a la comunicación corporal. Existe una comunicación directa en la que dos mentes se detectan y se evalúan a un nivel subyacente que escapa a nuestro control.
Imaginemos a una persona dentro de un recinto lleno de hombres que no conoce. Todos podrían resultarle físicamente atractivos. Le pedimos que elija uno y, sorprendentemente, puede «dar en el clavo».
Entonces aparece aquello que solemos llamar flechazo. Pero ese flechazo puede no ser otra cosa que mi mente detectando que la tuya va a proporcionarle exactamente aquello que necesita mi programa psicológico. Sea bueno o, desafortunadamente, también malo. Y muchas veces eso significa reproducir el tipo de relación de pareja que observé entre papá y mamá durante mi infancia y adolescencia.
CUANDO EL AMOR ES UNA COMPATIBILIDAD ENTRE PROGRAMAS PSICOLÓGICOS
Cuando existe un programa en malas condiciones, el amor nunca será real. Será una compatibilidad entre dos programas psicológicos que han encontrado la manera de complementarse.
Cuando una mente es saludable y posee autoestima, podríamos hablar del amor como libertad, altruismo, entrega y otros conceptos semejantes. Precisamente aquellos conceptos de los que una mente con carencias afectivas puede recelar.
Y aquí quiero recordar una ley psicológica que siempre se cumple:
El mundo no te puede hacer nada que no te hayan hecho antes en tu casa durante las edades tempranas de tu crecimiento.
Hasta el día de hoy, todos los casos que he tratado en los que una persona refería haber sufrido bullying en el colegio, también lo había recibido en casa durante su infancia.
Siempre.
Y digo siempre con toda la convicción que me brindan los casos tratados. Cuando alguien es maltratado física y psicológicamente dentro de una relación, tiene que haber vivenciado cómo entre sus padres existía ese tipo de maltrato, aunque no lo recuerde porque haya quedado reprimido en su inconsciente. Si no es así, el maltrato puede darse, pero ante la primera muestra, la relación se romperá.
Y no es necesario haberlo presenciado explícitamente. Puede bastar con escuchar golpes desde otra habitación, escuchar zarandeos, jadeos agitados o sonidos que permitan a la mente infantil comprender que algo está sucediendo.
CUANDO LO SALUDABLE PRODUCE RECHAZO
Este mecanismo también funciona a la inversa. A veces alguien me dice:
—Jesús, he conocido a alguien.
—¡Genial! ¿Y qué tal?
—Bueno… la verdad es que es una persona estupenda. Me escribe todos los días para desearme un buen día, el otro día me regaló flores y siempre tiene detalles maravillosos… pero no termina de gustarme. Es como si necesitase que no estuviera tanto ahí. Necesito que todo sea menos idílico, menos perfecto. ¿Por qué?
Entonces pregunto:
—¿Cómo era tu papá contigo y con tu mamá? ¿Te buscaba para darte besos y abrazos? ¿Te llevaba a jugar al parque? ¿Buscaba a mamá y se comunicaba con ella y le demostraba afecto?
Y la respuesta:
—Ja, ja. No, ni por asomo. Mi padre ni me miraba, Jesús. A veces pensaba que se olvidaba de que existía… Vale, ya veo que es cierto que eso es lo que busco. Pero es extraño. Cuando encuentro a alguien así no me gusta porque sé que lo saludable es lo otro. Pero cuando encuentro lo saludable no soy capaz de disfrutarlo porque no es lo que viví.
Ahí aparece la disonancia. La persona sabe cuáles son las manzanas buenas, pero su programa la obliga a escoger las otras y sufre porque sabe que no son adecuadas. Sin embargo, tampoco consigue escoger las buenas porque su propio programa psicológico se vuelve contra ella y le genera malestar.
Elija lo que elija, sufrirá mientras exista un desacuerdo entre aquello que desea y el lugar hacia el que se dirige su voluntad.
CASO 1: LA NECESIDAD DE DEFRAUDAR
Una clienta quedó embarazada siendo muy joven, durante su adolescencia. Narraba cuánto le costó decírselo a su padre, condicionada también por el miedo que su madre le había inoculado ante la posibilidad de hacerlo.
Tras muchas vueltas y divagaciones, finalmente consiguió decírselo. Su padre, con una indiferente mueca de decepción y después de un resoplido de desaprobación, respondió:
—Pff, embarazada. Si ya lo sabía yo. ¿Qué iba a esperar de ti?
Nada más. Ni una palabra sobre las opciones que tenía. Ni acompañamiento. Ni orientación. Nada. Solo culpabilización.
Cuando aquella clienta recordaba la escena, describía la sensación de sentirse sucia por haber mantenido relaciones sexuales y haberle fallado a su padre.
Su inconsciente reveló la respuestas
En otras sesiones aparecieron recuerdos de su adolescencia. Cuando comenzó a desarrollarse, su padre la miraba como no toca que un padre mire a su hija y le tocaba el trasero como no toca que un padre lo haga con su hija. También apareció el recuerdo de su hermano haciendo exactamente lo mismo. Igualmente, un tío suyo realizándole tocamientos y, ya durante su vida adulta, un primo que cada vez que acudía de visita la obligaba a mantener relaciones sexuales con él.
Pero curiosamente, en todos esos sucesos era ella quien cargaba con una culpa limitante y pesada. Y en la edad adulta desarrolló una necesidad constante de generar problemas para que los demás pudieran mostrarle que había fallado y los había defraudado. Exactamente aquello que su padre le había hecho sentir.
Tenía literalmente una adicción muy fuerte a generar problemas. Si conseguía un buen trabajo, lo auto saboteaba. Si tenía una pareja que le gustaba, hacía algo para provocar que la dejara. Si estudiaba algo que no le suponía ninguna dificultad debido a su gran inteligencia, suspendía deliberadamente para escuchar nuevamente cuánto había defraudado a los demás.
Y así aparecían decenas de comportamientos destinados a conseguir una sola cosa: revivir una y otra vez aquel sentimiento aprendido durante la adolescencia.
CASO 2: NECESITAR UNA NUEVA DOSIS DE DAÑO
Otra clienta se había criado con un padre muy problemático. Recordaba los insultos y amenazas que este dirigía constantemente contra su madre, acusándola de serle infiel. Mientras tanto, su padre bebía y bebía. En ocasiones era detenido por las fuerzas del orden y era ella, enviada por su madre, quien tenía que acudir a recogerlo a bares o dependencias policiales.
Ya en su vida adulta conoció a una pareja. El síntoma había cambiado. Ya no era el alcohol, sino la adicción a la marihuana. La relación era tremendamente tóxica y generaba situaciones desagradables prácticamente a diario. Había episodios de violencia y problemas con las autoridades. Ella aparecía constantemente envuelta en contactos con otros hombres y su pareja la amenazaba una y otra vez acusándola de serle infiel.
En el gabinete repetía que sabía perfectamente que estaba dentro de una relación perjudicial para ella, pero al mismo tiempo la necesitaba. Aquella pareja le recordaba tanto a su padre, ya fallecido, que había desarrollado hacia él una adicción incontrolable. Sabía que aquello era malo, pero cuando sucedían esos episodios volvía a experimentar exactamente las emociones con las que se había criado.
Incluso relataba que, cuando atravesaban una época tranquila, sentía la necesidad de provocar a su pareja hasta conseguir que este comenzara nuevamente a desplegar comportamientos dañinos. Si no sucedía, aparecían ansiedad y nerviosismo. Cuando finalmente se producía el conflicto, se tranquilizaba.
Su familia la atacaba porque no comprendía por qué hacía aquello. Algunos profesionales que intentaban ayudarla tampoco entendían por qué no lo abandonaba. Y cuando conseguía apartarse de él durante un tiempo, aparecía nuevamente la necesidad de establecer contacto, aunque tuviera que saltarse las normas, para comenzar otra vez el ciclo.
CONSUMIR DAÑO PARA SENTIR CALMA
Si observamos detenidamente ese comportamiento, veremos que funciona exactamente igual que una droga. La persona consume una dosis de daño y después se tranquiliza. Permanece durante cierto tiempo sin consumir y, transcurrido ese período, vuelve a aparecer una necesidad irrefrenable de recibir una nueva dosis. Entonces el ciclo comienza de nuevo.
Pero existe otro elemento importante: la dosis tiene que ser exactamente la vivida. Ni en exceso ni en defecto.
La mente programada aguantará exactamente la misma dosis de maltrato que recibió o que vio recibir a su progenitor. Si esa dosis es diferente, el contrato psicológico se rompe y los individuos se separan.
EL CONTRATO PSICOLÓGICO
Cuando establecemos una relación, las mentes crean desde el principio aquello que podríamos denominar un «contrato psicológico». Es la manera en la que se desarrollará esa relación y los papeles que cada individuo ocupará dentro de ella.
Por ejemplo, uno será siempre el que tiene problemas y el otro quien escucha sus problemas. Uno será «el que no estudia», otro «la alocada», otro «el simpático», otra «la estudiosa». No importa cuál sea el papel. Lo importante es que la relación queda organizada alrededor de determinadas cláusulas y cada persona debe actuar dentro del rol que le corresponde.
Mientras ambos cumplan el contrato, la relación continuará. Pero entonces puede ocurrir algo: una de esas personas comienza su psicoanálisis.
CUANDO DESAPARECE EL PERSONAJE Y APARECE LA PERSONA
Cuando una persona trabaja su psicoanálisis, el programa psicológico desaparece y comienza a aparecer la persona con su verdadero yo. Algunas personas sienten angustia cuando piensan en esta posibilidad.
Me preguntan:
—Si trabajo todo esto y desaparece aquello que he sido durante toda mi vida, ¿quién va a quedar?
Y mi respuesta es:
—Por primera vez en tu vida, vas a quedar tú. El que quieras ser. Sin tener que rendir pleitesía a esa máquina de agradar psicológica.
Pero esto tiene consecuencias. Si las relaciones que una persona estableció durante años se construyeron alrededor del antiguo contrato psicológico y esa persona comienza a abandonar el papel que ocupaba, las cláusulas iniciales dejan de cumplirse. Entonces muchas relaciones pierden su razón de existir.
La otra persona ya no encuentra al personaje con el que había establecido el contrato y quien ha realizado ese cambio tampoco necesita continuar representándolo.
CUANDO TÚ CAMBIAS, TU CÍRCULO CAMBIA
Aquí aparecen muchas de las despedidas que se producen durante un proceso terapéutico. Personas que parecían imprescindibles dejan de tener sentido. Relaciones que parecían eternas desaparecen. Dinámicas familiares que se mantenían desde hacía décadas comienzan a generar rechazo.
No necesariamente porque esas personas hayan cambiado, sino porque has cambiado tú.
Y cuando cambia el programa, cambia aquello que toleras, aquello que buscas, aquello que necesitas y aquello que estás dispuesto a entregar.
En realidad, este fenómeno sucede también de manera natural y paulatina a lo largo de la vida. Personas que estuvieron presentes durante una etapa dejan de estarlo durante otra. Pero este cambio puede resultar mucho más evidente durante un proceso terapéutico.
Porque cuando desaparece el personaje construido para sobrevivir a papá y mamá, queda espacio para algo que quizá nunca había tenido la oportunidad de existir plenamente:
Uno mismo.


Deja una respuesta