Hay una parte de nosotros que interpreta constantemente el mundo, genera pensamientos y emociones y condiciona nuestra manera de relacionarnos con los demás. La mayor parte del tiempo ni siquiera somos conscientes de que está funcionando.
Para comprenderlo podemos utilizar un sencillo símil con un ordenador.
Los elementos físicos que componen un ordenador constituyen el hardware. En nosotros, ese hardware sería el cerebro. Pero un ordenador, por extraordinario y potente que sea, funcionará dependiendo de los programas que tenga instalados.
Esos programas constituyen el software.
En el ser humano, podemos llamar programa psicológico al conjunto de patrones inconscientes de funcionamiento que se instalan fundamentalmente durante nuestra infancia y adolescencia.
Ese programa será después nuestra particular máquina de interpretar el mundo.
Podremos cambiar de ciudad, de pareja, de amigos, de trabajo o incluso de país.
Pero el programa viajará con nosotros.
El pequeño mundo de la infancia
Cuando somos niños, nuestro mundo es muy pequeño.
Un viaje de treinta kilómetros puede parecernos interminable. Ir al otro extremo de la ciudad puede sentirse como viajar a la otra punta del mundo. Una semana puede parecernos una eternidad.
A medida que crecemos, nuestro mundo se expande.
En el gabinete ocurre algo curioso cuando una persona recupera determinados recuerdos de su infancia. Puede describir una habitación, un patio, una casa o algún lugar donde jugaba y recordar aquel espacio como algo enorme. Sin embargo, cuando regresa allí siendo adulto, descubre sorprendido que aquel lugar que conservaba gigantesco en su memoria es realmente diminuto.
Con nuestro mundo afectivo sucede algo parecido.
Durante los primeros años prácticamente se reduce a nuestro núcleo familiar. Después se amplía hacia el colegio, el parque, los amigos, la casa de otros familiares…
Poco a poco vamos volando cada vez más lejos del nido.
Pero salimos a explorar ese mundo enorme con algo que ya hemos aprendido dentro del pequeño.
Nuestro programa psicológico.
Y utilizaremos lo aprendido allí para interpretar lo que encontremos fuera.
¿Qué es realmente un programa psicológico?
A raíz de mi propio proceso psicoanalítico y después de más de diez años de experiencia ejerciendo como psicoanalista, he llegado a una conclusión que considero fundamental para comprender buena parte del sufrimiento psicológico del ser humano.
Esto que voy a explicar es, para mí, la clave de todo.
Un programa psicológico es todo lo que durante mi infancia y mi adolescencia —especialmente durante mi infancia— mi papá y mi mamá me hacen o me dicen, y también todo aquello que no me hacen y no me dicen.
Eso constituye el 50 % de mi programación.
El otro 50 % está compuesto por todo lo que durante mi infancia y adolescencia veo que mi papá y mi mamá se hacen y se dicen entre ellos, y también por todo aquello que no se hacen y no se dicen.
Las dos cosas juntas conformarán mi programa psicológico.
Ese será el equipaje con el que entraré posteriormente en el mundo adulto.
Esas serán las herramientas emocionales que tendré para relacionarme conmigo mismo, con los demás y con la vida.
Porque no solamente se heredan las propiedades.
También se heredan programas psicológicos de generación en generación.
Se heredan los miedos, la manera de entender el amor, las relaciones, el dinero, el trabajo, la moral, aquello que creemos merecer y hasta la forma en que consideramos que los demás tienen derecho a tratarnos.
Cuando se construye un yo fuerte
¿Qué significa todo esto?
Si durante mi infancia papá y mamá me han dado besitos y abrazos, han hablado conmigo, se han interesado por lo que siento, han respetado mis opiniones, me han escuchado, me han motivado y me han permitido formar parte de su mundo, mi mente habrá aprendido algo esencial:
Yo existo. Yo importo. Lo que siento importa.
Pero no solamente importa lo que hayan hecho conmigo.
También importa aquello que yo haya visto entre ellos.
Si he visto a papá y mamá darse besos y abrazos, comunicarse, preguntarse cómo se sienten, apoyarse, respetarse y proporcionarse afecto, ese será el modelo de relación que quedará instalado en mí.
Me habré criado en un ambiente en el que se ha edificado un yo fuerte y una autoestima sólida.
Y con ese programa psicológico entraré en la vida adulta.
Eso no quiere decir que nunca vaya a sufrir.
La vida tiene sus cosas desagradables.
Llegarán pérdidas, separaciones, decepciones, muertes y acontecimientos dolorosos. Y cuando alguno de ellos suceda tendré que sufrirlo y realizar el duelo correspondiente.
Pero existe una diferencia fundamental entre atravesar el dolor que produce un acontecimiento de la vida y vivir permanentemente instalado en el sufrimiento psicológico.
Realizaré mi duelo y, una vez atravesado, podré regresar nuevamente a mi estado anterior porque debajo de ese dolor continúa existiendo una estructura psicológica fuerte que me sostiene.
La importancia de hacer sentir al niño que importa
Esto tampoco significa que unos padres tengan que abandonar sus vidas y dedicarse exclusivamente a sus hijos.
No estamos hablando necesariamente de cantidad de tiempo.
Estamos hablando de calidad de tiempo.
He encontrado adultos que recuerdan que sus padres trabajaban durante todo el día y, sin embargo, no experimentaron aquello como falta de amor porque durante el fin de semana una parte del tiempo estaba verdaderamente destinada a ellos.
Y digo destinada a ellos.
Porque la mente del niño no es tonta.
No es lo mismo llevar siempre al niño al fútbol porque a papá le encanta el fútbol, salir a pasear porque a mamá le encanta pasear o hacer música porque a los padres les apasiona la música, que preguntarle alguna vez:
«¿Qué quieres hacer tú esta mañana de domingo? Lo que a ti te guste».
Los padres tienen derecho a mantener sus aficiones, sus intereses y su propia vida. Antes de ser padres continúan siendo individuos.
Pero también debe existir un espacio en el que el niño pueda sentir que aquello que él desea tiene importancia para las dos figuras más importantes de su mundo.
Porque detrás de una pregunta aparentemente tan sencilla se está transmitiendo un mensaje psicológico enorme:
Lo que tú quieres importa.
Tú importas.
Y ahí se está edificando autoestima.
La máquina de agradar
Pero también puede suceder exactamente lo contrario.
Cuando al niño nunca se le dedica un espacio propio, puede aprender que para compartir tiempo y afecto con sus padres tiene que adaptarse a ellos.
Entonces aparece algo que denomino la máquina de agradar.
El niño comienza poco a poco a desaparecer.
Lo que quiere él deja de importar.
Aprende a observar qué necesita el otro y se adapta.
Cuanto más se somete a un niño, cuanto más se le cuestiona y culpabiliza, más puede intentar agradar para corregir su supuesto error y conseguir ser querido.
Después crecerá.
Tendrá treinta, cuarenta o cincuenta años.
Pero el programa continuará funcionando.
Y aquel niño que necesitaba agradar para sentirse querido puede convertirse en un adulto incapaz de decir que no, que antepone constantemente las necesidades de los demás a las propias y que siente una culpa terrible cuando intenta respetarse.
Puede incluso confundir autoestima con egoísmo.
Autoestima no es narcisismo
Y aquí conviene hacer una distinción fundamental.
La autoestima es una cosa. El narcisismo es otra completamente diferente.
He podido encontrar personas que, ante el más mínimo gesto de respeto hacia sí mismas, automáticamente se consideran egoístas o narcisistas.
Podemos explicarlo de una manera muy sencilla.
Autoestima es sentir que yo también tengo derecho.
Narcisismo es sentir que solamente yo tengo derecho.
En la autoestima está incluida la empatía.
Yo existo, pero el otro también existe.
Mis necesidades son importantes, pero puedo reconocer las necesidades del otro.
En el narcisismo, por el contrario, el otro puede quedar reducido a un objeto destinado a satisfacer las propias necesidades.
La autoestima permite reconocer nuestro propio valor sin necesidad de negar el del otro.
Cuando aparentemente «no ocurrió nada»
Pero volvamos al programa.
También puede haber sucedido algo muy diferente durante mi infancia.
Y lo que voy a describir aquí no pertenece a un mundo imaginario.
Podemos verlo en los medios de comunicación, en las noticias, en historias de personas que conocemos y, por supuesto, en las historias que aparecen en un gabinete de psicoanálisis.
Esto existe.
Aunque a veces resulte demasiado doloroso aceptarlo.
Puede que en mi casa aparentemente no ocurriera nada demasiado grave.
Papá y mamá simplemente no eran mucho de expresar sentimientos.
No había demasiados besos.
No había abrazos.
No se hablaba de emociones.
No se comunicaban demasiado conmigo porque trabajaban todo el día, estaban cansados o no tenían tiempo.
Y entonces, cuando sea adulto, puedo justificarlo:
«Bueno, pero nunca me pegaron».
«Nunca me faltó comida».
«Trabajaban muchísimo para que yo tuviera de todo».
«No fueron malos padres».
Y puedo necesitar construir esa explicación porque aceptar otra realidad resulta muchísimo más doloroso.
Necesito seguir creyendo que papá y mamá fueron buenos y que todo estuvo bien.
Entonces puedo imponerme una distorsión de la realidad que me permita conservar esa imagen, mientras debajo permanece una verdad que no quiero mirar:
aquello que necesitaba emocionalmente aquel niño no estaba.
Y este sería todavía el mejor de los peores casos.
Cuando la infancia estuvo atravesada por el miedo
Porque también puedo haber vivido situaciones muchísimo más graves.
Puedo haber visto cómo mi padre golpeaba a mi madre.
Pueden haberme dicho una y otra vez que era un inútil, que nunca conseguiría nada, que no servía para nada o que todo lo hacía mal.
Puedo haber crecido viendo a mi padre o a mi madre borrachos, consumiendo sustancias, fuera de control, airados o llenos de ira.
Puedo haber aprendido a escuchar el sonido de una puerta para saber de qué humor venía papá.
Puedo haber aprendido a permanecer callado para no provocar una explosión.
Puedo haber aprendido a desaparecer.
También existen infancias atravesadas por palizas, amenazas, abandono y abusos.
No tiene sentido dulcificar estas realidades.
Un niño al que maltratan está siendo maltratado. Un niño al que humillan está siendo humillado. Un niño abandonado está sufriendo un abandono.
Y todo eso también es programación.
Porque el niño no dispone de otro mundo con el que comparar aquello que está viviendo.
Su casa es el mundo.
Sus padres son sus primeras figuras de amor, protección, autoridad y relación.
Aquello que sucede allí se convierte en el material con el que construirá su manera de comprender la realidad.
El niño crece, pero el programa continúa
El programa psicológico termina de cerrarse aproximadamente alrededor de los 18 años.
A partir de entonces entro en la vida adulta llevando conmigo aquello que fue instalado durante los años anteriores.
Y aquí comienza uno de los fenómenos más importantes.
El niño desaparece físicamente, pero su programa continúa funcionando dentro del adulto.
Si ese programa está dañado, comenzaré a desplegar una enorme cantidad de comportamientos inconscientes que escapan a mi control.
Y precisamente porque son inconscientes ni siquiera sabré que los estoy realizando.
Pensaré que simplemente tengo mala suerte.
Que siempre termino encontrándome con el mismo tipo de personas.
Que todas mis parejas acaban pareciéndose.
Que siempre termino sintiéndome abandonado.
Que siempre necesito agradar.
Que siempre termino sintiéndome inferior.
Que inexplicablemente vuelvo a relaciones que me hacen daño.
Cambiarán los nombres.
Cambiarán las caras.
Cambiarán los lugares.
Pero emocionalmente regresaré una y otra vez al mismo sitio.
Las gafas con las que miramos el mundo
Podemos utilizar otra metáfora para comprenderlo.
Imaginemos que durante nuestra infancia nuestros padres nos colocan unas gafas.
A través de ellas aprendemos a mirar la realidad.
Unas gafas pueden decirnos:
No valgo lo suficiente.
El mundo es peligroso.
Esto seguramente me saldrá mal.
Tengo que aguantar porque no encontraré nada mejor.
Para que me quieran tengo que agradar.
La gente terminará haciéndome daño.
Y si ese es el cristal a través del cual observo constantemente la realidad, mi mundo terminará pareciéndose muchísimo a aquello que mis gafas me permiten ver.
Pero esas gafas también pueden decir:
Valgo.
Tengo derecho a ser respetado.
Puedo querer y ser querido.
No necesito soportar aquello que me hace daño.
Puedo estar en paz.
La autoestima constituye una herramienta extraordinariamente poderosa para interpretar el mundo exterior.
Repetir para volver a sentir lo mismo
Aquí llegamos a una de las claves del programa psicológico.
En mi vida adulta reproduciré inconscientemente patrones relacionados con las experiencias que viví durante mi infancia y adolescencia.
Y lo haré para terminar sintiéndome emocionalmente como me sentía entonces.
No necesito saber que lo estoy haciendo.
De hecho, si supiera plenamente que lo hago ya no estaríamos hablando de un mecanismo inconsciente.
El programa funciona precisamente porque permanece oculto.
Por eso una persona puede cambiar de pareja y terminar viviendo una relación diferente en apariencia pero idéntica emocionalmente.
Puede cambiar de trabajo y volver a sentirse humillada, sometida o insuficiente.
Puede cambiar de amigos y terminar sintiéndose nuevamente excluida.
Puede incluso cambiar de ciudad pensando que el problema está en las personas que la rodean y, pasado un tiempo, comprobar sorprendida que vuelve a aparecer el mismo tipo de relaciones.
Cambian los actores.
Cambia el escenario.
Pero la obra continúa siendo la misma.
Porque podemos marcharnos muy lejos, pero nuestro programa psicológico viaja con nosotros.
Cuando existe abandono
El abandono merece una atención especial.
Cuando un niño ha sido abandonado por alguno de sus progenitores puede quedar un enorme vacío emocional.
En la vida adulta puede intentar llenar ese vacío consumiendo relaciones afectivas una detrás de otra, como quien apaga un cigarrillo y enciende inmediatamente el siguiente.
Pero ninguna termina de satisfacer.
Porque la persona adulta intenta resolver en el presente una carencia que pertenece a otro lugar y a otro tiempo.
Algo parecido puede ocurrir cuando un niño ha sido criado por sus abuelos u otros familiares.
Puede haber recibido de ellos un amor enorme y, al mismo tiempo, continuar sintiendo que falta algo.
Y entonces aparece incluso la culpa:
«Me quisieron muchísimo. ¿Por qué siento que no fue suficiente?»
Porque el amor recibido de los abuelos puede ser verdadero y maravilloso y, aun así, no borrar la ausencia de los padres.
Una cosa no invalida la otra.
Podemos repetir incluso intentando hacer exactamente lo contrario
Existe además otra forma de permanecer atrapados en el programa.
Una persona puede decidir conscientemente:
«Yo jamás haré con mis hijos lo que hicieron conmigo».
Y hacer exactamente lo contrario.
Pero situarse en el extremo opuesto no significa necesariamente haber resuelto nada.
Imaginemos una madre a la que durante su infancia no permitieron prácticamente ninguna libertad.
No podía salir con sus amigas, tener novio estaba mal, no podía decidir qué estudiar y todos sus movimientos eran supervisados.
Cuando tiene un hijo decide no hacerle jamás lo mismo.
Y entonces no pone límites.
No corrige.
No aconseja.
No interviene.
Todo está permitido.
Aparentemente está haciendo exactamente lo contrario de lo que hicieron con ella.
Pero continúa actuando desde el mismo lugar.
Su comportamiento sigue estando dirigido por su infancia.
No está respondiendo verdaderamente a las necesidades de su hijo. Está intentando resolver, a través de él, su propia historia.
Y el hijo puede terminar sintiendo aquella ausencia de límites como falta de interés, falta de guía y soledad.
El extremo contrario de un patrón puede continuar siendo el mismo programa.
¿Por qué no basta con decirnos que debemos querernos más?
Cuando un programa psicológico está profundamente instalado, no basta con darnos órdenes conscientes.
«Tengo que quererme».
«Tengo que confiar más en mí».
«Tengo que dejar de tener miedo».
«Tengo que pensar en positivo».
No funciona así.
Porque el programa es inconsciente.
Y lo inconsciente es precisamente aquello que se está ejecutando sin que yo sepa que lo estoy ejecutando.
Podemos repetir conscientemente una frase cientos de veces mientras, en un lugar mucho más profundo, nuestra mente está convencida exactamente de lo contrario.
Un libro, un curso, un mentor o una frase motivacional no tienen la jerarquía psicológica que tuvieron papá y mamá cuando se estaba construyendo nuestra mente.
Por eso no se trata simplemente de convencernos de algo diferente.
Hay que acceder al programa.
Hacer consciente lo inconsciente
Para modificar aquello que nos condiciona necesitamos descubrir primero qué está instalado.
Hay que recuperar nuestra historia.
Nuestros recuerdos.
Las experiencias que construyeron nuestra manera de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás.
Hacer consciente lo inconsciente.
Cuando comienzo a comprender por qué elijo determinadas relaciones, por qué reacciono siempre de determinada manera, por qué siento determinadas culpas, por qué necesito agradar o por qué soporto situaciones que me hacen sufrir, aquello que durante años consideré simplemente «mi forma de ser» comienza a adquirir otro significado.
Empiezo a descubrir que algunas de mis decisiones no procedían verdaderamente de mí.
Procedían del programa.
Y mientras no conozca ese programa estaré condenado a repetirlo.
Incluso lo transmitiré a mis propios hijos para vengar en ellos mi historia vital frustrada.
Porque el hecho de prometerme conscientemente que jamás repetiré determinadas cosas no significa que haya resuelto aquello que continúa funcionando inconscientemente dentro de mí.
Cuando el programa no nos deja ser
Y aquí llegamos probablemente a la cuestión más profunda de todas.
Una persona puede pasar buena parte de su vida pensando:
«Yo soy así».
Puede creer que la vida consiste necesariamente en el sufrimiento que conoce porque nunca ha experimentado otra manera de vivirla.
Puede considerar normal el desamor porque siempre conoció el desamor.
Puede considerar normal vivir con miedo porque siempre vivió con miedo.
Puede considerar normal agradar constantemente porque aprendió que para ser querido tenía que hacerlo.
Puede considerar normal que le traten mal porque aquello ya formaba parte de su mundo cuando era niño.
El sujeto piensa que el mundo es como él lo sufre.
Pero no.
El mundo que está viendo es, en gran medida, el mundo que su programa le permite ver.
Y cuando ese programa comienza a desaparecer, aparece algo sorprendente.
Aparece un mundo nuevo.
Un mundo que incluso puede parecer falso al principio porque la persona está acostumbrada al anterior.
La tranquilidad puede resultar extraña para quien siempre vivió en alerta.
El respeto puede resultar extraño para quien siempre fue humillado.
El amor puede resultar extraño para quien aprendió que amar significaba sufrir.
Y entonces aparece una pregunta fundamental:
¿Cuánto de lo que hago pertenece verdaderamente a mí y cuánto pertenece al programa que llevo toda mi vida repitiendo?
Porque cuando el programa gobierna nuestra existencia sin que sepamos que existe, no estamos plenamente en nuestro propio ser.
Estamos obedeciendo órdenes antiguas.
Estamos respondiendo a personas que quizá ni siquiera están ya delante de nosotros.
Estamos reconstruyendo escenarios que pertenecen a nuestra infancia utilizando personajes de nuestra vida adulta.
Por eso el trabajo psicoanalítico consiste en acceder a aquello que permanece inconsciente, recuperar nuestra historia, comprenderla y hacer consciente aquello que hasta entonces dirigía silenciosamente nuestra vida.
Porque solamente cuando puedo ver el programa puedo empezar a dejar de obedecerlo.
Y cuando dejo de obedecerlo comienza a aparecer algo que quizá llevaba muchísimo tiempo enterrado debajo de él:
YO mismo.


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